Para un chico que era algo solitario, y que comenzó a hacer sus primeros filmes después de los 30 años, Gus Van Sant ciertamente ha roto varios estereotipos del cine americano, llevándonos imágenes con una gran carga emocional y una fotografía digna de un fan de Ingmar Bergman, con una gran aceptación, y con varios óscares bajo el brazo. Cada día son menos los que no recuerdan filmes como Good Will Hunting, Elefant, Milk, y las más de culto como My Own Private Idaho o Drugstore Cowboy, donde personajes con un trasfondo cultural distinto al de la media social, historias de personas que se sitúan fuera del círculo social del white collar americano, y que más bien nos narran historias de almas en búsqueda de un camino aún no resuelto, de una existencia más allá de los límites sociales pre-establecidos, y que desean más que nadie ser oídos y compartir sus experiencias.
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